“Tarab” en la música árabe es un concepto de emoción. Sensaciones y sentimientos que despierta y eleva el estado emocional del oyente o espectador. Un estado que en el flamenco equivale a “el duende”.

17 diciembre 2013

LA MÚSICA ENTRE LOS ÁRABES ESPAÑOLES. EL MAESTRO ZIRYAB.

La música y el canto alcanzaron gran boga y estima entre los árabes de España. Los alcázares de príncipes y magnates estaban llenos de cantores, y sobre todo de cantoras, que los inundaban de armonía en las continuas zambras y fiestas. Cuéntase que Ibn Abbas, visir del rey de Almería Zuhair, hombre muy opulento y sibarita, tenía en su alcázar 500 jóvenes cantoras, todas ellas de notable hermosura. Tales artistas obtenían de la munificiencia de nuestros árabes gran consideración y crecidos sueldos, y muchas de ellas sobresalían, no solo en el canto y la música sino también en la poesía. Durante las fiestas y saraos de sus señores ellas cantaban y tañían ocultas detrás de cortinas o mamparas (en árabe asitáras) que las esquivaban a los ojos de los concurrentes, los cuales encantados con sus tonos y melodías, creían escuchar las voces y notas de invisibles genios.

Libro de canciones (Kitāb al-Aghānī)
La afición de los árabes por la música data desde los tiempos más antigüos, Albu Al-Faraj, en el siglo X, recogió en su Gran Libro de las Canciones las sentidas y armoniosas coplas que cantaban los beduinos anteriores a Mahoma al son de sus laudes y guzlas, y trae anécdotas muy curiosas relativas a las muchachas cantoras y citaristas que tenían en sus aduares y alcázares los xeques y emires. Posterioremente el pueblo árabe enriqueció sus conocimientos en esta maravillosa arte con el estudio de la música griega, como se ve por el importantísimo libro que escribió en la primera mitad del siglo X, Abu Nasar Alfarabi.


Pero los árabes no fueron serviles imitadores del arte griego, sino que lo perfeccionaron y le imprimieron un carácter especial con su propio genio y afición. Los árabes españoles conocieron e inventaron gran número de instrumentos musicales (...).
 
http://books.google.es/books?id=hbZ50gEJUj4C&pg=PA1&dq=intitle:m%C3%BAsica&as_brr=1#v=onepage&q&f=false

Los árabes españoles cultivaron sobremanera el estudio de la música, ilustrándole y perfeccionándole con muchos tratados y obras de mérito. En el siglo XII escribió un excelente libro sobre la música española el célebre granadino Abu Beer Ibn Bacha, que según dice un escritor árabe, alcanzó en el Occidente la misma reputación que el famoso Alfarabi en el Oriente. Un siglo después, Yahya Aljuduch, de Murcia, compuso un Libro de las canciones andaluzas en competencia con el celebrado Gran Libro de las Canciones que había escrito en Asia el referio Albu Al-Faraj.

Pero los progresos de este arte en la España Sarracena (nombre con los que la cristiandad medieval denominaba genéricamente a los árabes o musulmanes) datan desde la época del famoso maestro Ziryab





"El músico", cuadro del pintor austriaco 
Ludwig Deutsch (1855–1935)
Abulhasán Ali ben Nafi conocido Ziryab, que quiere decir en árabe un ave negra de canto melodioso: le apellidaron así por el color moreno de su tez y su habilidad en el canto.

Nació en Bagdad hacia fines del siglo VIII y allí aprendió la música bajo la dirección del célebre maestro Ishac el Maussili. Reinaba a la sazón el califa abbasida Harún al-Rashid tan conocido por los cuentos de las Mil y una noches: príncipe ilustrado y protector de las ciencias y las artes. 

Sucedió un día que el califa preguntó al maestro Ishac si no conocía algún nuevo cantor de mérito que poderle presentar.

"Yo tengo un discípulo, que canta bastante bien, gracias a mis lecciones, y tengo motivos para creer que algún día me dará honor. 


"Dile, pues, que se me presente", añadió el sultán. Introducido en presencia del monarca, Ziryab, supo agradarle desde luego por sus modales distinguidos y por la gracia de su convrsación. Después, como le dirigiese Harua algunas preguntas sobre el arte que ejercía, Ziryab le respondió:  "Yo sé cantar como otros lo saben hacer; pero además yo sé lo que otros no saben. Mi manera de cantar no se ha inventado sino para un inteligente tan práctico como vuestra alteza. Si lo tiene a bien, voy a cantarle lo que oído alguno no ha escuchado todavía."  Harun Arraxid le mandó cantar; pero habiéndole presentado al afecto el laud de su maestro, Ziryab rehusó servirse de él, y pidió uno de su propia invención.  "Pues ¿cómo, le preguntó Harun, rehusas el laúd de Ishac? "Si vuestra alteza, respondió Ziryab, desea que yo le cante alguna cosa según el método de mi maestro, yo me acompañaré de su laúd; pero si quiere conocer el método inventado por mí, necesito absolutamente del mío." - A estas palabras añadió Ziryab una descripción de su instrumento que dejó maravillado al califa. Díjole que sus cuerdas estaban forradas de una seda que no se había hilado con agua caliente y que dos de ellas, la grave y la triple, procedían de las tripas de un leoncillo. Ziryab templó luego su laúd y acompañándose de él cantó una oda que había compuesto en loor del sultán, el cual quedó tan prendado que reprendió duramente a Ishac por no haberle presentado antes a tan maravilloso artista.  Ishac se excusó diciendo, como así era verdad, que Ziryab le había oculatado cuidadosamente a dónde rayaban su invención y su genio; mas luego que se halló a solas con su discípulo, le habló así:  "Ziryab, tú me has enseñado villanamente, haciéndome un misterio del alcance de tu talento. Voy a hablarte con franqueza, como es inevitable entre artistas que cultivan la misma arte y que son iguales en mérito. Además, tú has conseguido agradar al califa, y sé que dentro de poco vas a suplantarme en su favor, lo cual no perdonaría ni a un hijo mío. A no profesarle un resto de cariño, porque eres mi discípulo, yo no vacilaría en matarte, y tal podría suceder que nada me contuviese...  Tú, por consiguiente, puedes escoger entre dos partidos: ve a establecerte lejos de aquí, júrame que jamás oiré hablar de tí, y entonces yo te daré cuanto oro quieras; o bien permaneceré aqui a pesar mío, mas yo te prevengo que en tal caso arriesgaré vida y hacienda para perderte. Elige pues." Ziryab se decidió prontamente, aceptando el dinero que le ofrecía su maestro y partiendo de Bagdad con sus mujeres e hijos. Algún tiempo después, Harun Arraxid ordenó a Ishac que volviera a presentársele con su discípulo. Ishac le respondió:  "Mucho siento no poder satisfacer al deseo de vuestra alteza: ese mancebo está poseido; cuenta que los genios le hablan y le inspiran los aires que compone, y está tan enorgullecido con su talento que cree ser sin par en el mundo. No habiendo sido recompensado ni vuelto a llamar hasta ahora por vuestra alteza, ha partido furioso. Ignoro dónde se encuentre a la sazón, mas, señor, dad gracias a Allah de que tal hombre se haya ausentado, porque tenía accesos de delirio, y en estos momentos le ponía horrible." Aunque pesaroso por la partida de un compositor de tantas esperanzas, el califa se satisfizo con las razones que le dió Ishac. Y en verdad que el antigüo maestro no mentía del todo en lo que dijo. Durante su sueño, Ziryab creía realmente oír cantar los genios. Entonces se desvelaba de repente, saltaba de su lecho, llamaba a Gazlan y Honaida, dos muchachas de su serrallo, las mandaba coger sus laudes, les enseñaba el aire que había creído oir durante el sueño y él mismo escribía la letra. Obligado a dejar su patria, Ziryab fue a buscar fortuna en el Occidente. Llegado al África, escribió una carta a Alhakén I sultán de la España Árabe, anunciándole sus deseos de ir a establecerse en su corte. La carta agradó tanto al sultán que al punto contestó al músico, instándole a venir luego a Córdoba, donde recibiría de su mano un crecido sueldo. Ziryab, pues, se embarcó para España con su famlia, mas apenas arribó a Algeciras cuando supo que acababa de morir Alhakén. Muy contrariado por esta nueva, trataba ya de volverse al África, cuando un músico judío llamado Mansur, que Alhakén había enviado a su encuentro, le advirtió que su hijo sucesor Abderrahman II no era menos aficionado a la música que su padre y que sin duda recompensaria a los artistas con semejante generosidad.  
Huyendo de Bagdad, Ziryab se mudó al oeste con su familia. Se detuvo en las colinas de Kairouan, en la actual Túnez, antes de ganar una invitación para llevar sus habilidades musicales a Córdoba.
 

En efecto, así aconteció. Abderrahman II que sucedió en 822 a su padre Alhakén, fue un príncipe débil, afeminado, falto de talento y carácter para llevar las riendas del Estado, enemigo y perseguidor d ela gente cristiana, pero muy dado a las pompas y delicias del mundo, a las letras y a las artes. Deseoso de rivalizar en ostentación y fausto con los califas de Bagdad, se rodeó de una servidumbre muy numerosa y lúcida, embelleció a Córdoba con puentes, mezquitas, alcázares, fuentes y jardínes, y recompensó generosamente a los literatos y poetas que hacían versos en su alabanza

Alcázar de Córdoba

El músico Ziryab fue una gran adquisición para el nuevo monarca. Enterado Abderrahman de su arribo, le invitó a venir a su corte, le envió regalos y mandó que fuese recibido con gran pompa y agasajo. Llegado a Córdoba, Ziryab fue instalado por órden del sultán en una casa magnífica, y al cabo de tres días que se le dieron para descansar de las fatigas del viaje, se le invitó a pasar al regio alcázar. 

Vista aérea de la Mezquita de Córdoba
Admitido a la presencia del soberano, éste antes de todo le hizo las proposiciones más seductoras, ofreciéndole si quería establecerse en su corte, una pensión y varias gratificaciones, que en todo vendrían a representar un capital de cuarenta mil dinares; es decir la enorme suma de ochenta mil duros. Aceptadas por Ziryab condiciones tan ventajosas, Abderrahman le invitó a cantar, y Ziryab lo hizo tan bien que el sultán quedó encantado y desde entonces no quiso escuchar otro cantante. 




Pero Ziryab no era solamente un artista de genio. Era además un excelente poeta, sabía de memoria las palabras y aires de diez mil canciones; era muy entendido en astronomía y en geografía; refería con tanta instrucción como gracejo los usos y costumbres de los diferentes pueblos y regiones, y mostraba en fin, extensos conocimientos en todas las ciencias y artes. Abderraham gustaba mucho de conversar con él sobre historia, poesía, y demás ramas de las letras, y por tal manera Ziryab llegó a adquirir gran intimidad e influencia con el sultán. Pero lo que cautivaba más en aquel ilustre artista era su ingenio, su agudeza, su gusto y la soberana distinción de sus modales. Ninguno le igualaba en lo chistoso y picante de la conversaicón, ninguno como él mostraba en todas la cosas el institnto de la belleza y el sentimiento del arte, ningún otro sabía vestirse con tanto gusto y elegancia, nadie le conocía ventaja en disponer una fiesta o un banquete. Mirábasele como un hombre superior, como un modelo en todo lo relativo al buen tono y bajo este concepto, llegó a ser el legislador y árbitro de la España Arabe.  

Ziryab introdujo grandes innovaciones en el tocado, en los vestidos, en los manjares, en los muebles y bajilla, en fin, en todos los pormenores de la vida cómoda y elegante, conciliando siempre la sencillez y la economía con el gusto y la gentileza.

Ziryab añadió la quinta cuerda al Laúd.
Ziryab dió gran impulso al arte de la música con muchas invenciones y mejoras. Inventó una quinta cuerda para el laúd que antigüamente no tenía más que cuatro, correpondientes, según opinan los árabes, a los cuatro temperamentos del hombre. 

La primera cuerda llamada azzir, teñida de amarillo, corresponde, según ellos, a la bilis; la segunda llamada matzad o doble, teñída de rojo, corresponde a la sangre en el cuerpo humano; la tercera mitzla o triple, que es blanca, a la pituita; la cuarta albamm o grave, a la atrabilis. Faltaba en el laúd un elemento para representar el alma que vivifica el cuerpo, Ziryab le añadió una quinta cuerda teñida de rojo que, puesta en medio de las demás, dió al instrumento el sentido más delicado y la expresión más perfecta. Ziryab tuvo ocho hijos varones y dos hembras: todos ellos heredaron la habilidad de su padre para el canto, principalmente el segundo llamado Obaidallah. La enseñanza de tan insigne maestro promovió notablemente en la España Árabe los progresos del arte de la música y el nombre de Ziryab gozó de perpétua celebridad entre los moros andaluces hasta los últimos tiempos de su dominación, siendo mencionado por sus historiadores al par de los grandes sabios, poetas, capitales, ministros y príncipes.  F.J. SIMONET. Artículo extraído de la revista semanal La Moda elegante (Cádiz). 31-3-1867   Como homenage a este músico bagdadí-córdobes, Paco de Lucia - Zyryab

   OTRAS FUENTES: Ziryab, el pájaro negro. La música del califato cordobés, precursora de la sinfonía europea. (El País)

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